Hace unos meses escribí en mis redes sociales una publicación titulada Errores que no volveré a cometer como concertista. No era un listado técnico ni un manual de supervivencia. Era, más bien, una confesión en voz alta. Y una de las cosas que más resonó en mí y en quienes me escribieron fue esta idea: durante mucho tiempo traté el escenario como un tribunal.
Un lugar donde se juzgaba cada nota, cada silencio, cada respiración. Un espacio en el que la pregunta dominante no era “¿qué quiero decir?”, sino “¿lo estoy haciendo bien?”. Y, sobre todo, “¿lo estoy haciendo lo suficientemente bien como para que nadie encuentre fallos?”.
Esa mirada no nació de la nada. Viene de años de formación, de concursos, de grabaciones, de la cultura de la excelencia que respiramos en la música clásica. Durante mucho tiempo, ese perfeccionismo en el escenario condicionó también mi manera de vivir los conciertos.
El escenario como examen permanente
Durante una etapa importante de mi carrera, subir al escenario significaba activar un sistema de vigilancia interna muy afinado. Escuchaba cada nota con oído de jurado. Anticipaba posibles críticas. Medía el éxito en función de la ausencia de errores más que en la presencia de algo verdadero.
El público, en esa ecuación, dejaba de ser un interlocutor para convertirse en un tribunal silencioso. Y yo, en la acusada que intentaba demostrar su valía.
El problema no era querer tocar bien. El problema era que esa exigencia se había convertido en el centro de la experiencia. La música quedaba, en cierto modo, en segundo plano.
El momento en que algo se desplazó
No hubo un día concreto en el que decidí cambiar. Fue más bien un proceso lento, casi silencioso. Algunos conciertos en los que, por cansancio o por madurez, dejé de pelear tanto. Algunos ensayos en los que me sorprendí disfrutando de una frase imperfecta pero viva. Algunas conversaciones con compositores que me recordaban que la obra no necesitaba ser defendida, sino habitada.
También influyó el trabajo con la música actual. Cuando estrenas una obra dedicada, no existe todavía un modelo de “interpretación correcta”. No hay grabaciones de referencia ni tradición que te juzgue. Solo estás tú, la partitura y la necesidad de darle voz. Esa libertad, al principio incómoda, terminó siendo liberadora.
Poco a poco empecé a preguntarme otras cosas antes de salir a escena:
– ¿Qué quiero que sienta la persona que está sentada en la tercera fila?
– ¿Qué parte de mí necesita ser escuchada hoy?
– ¿Estoy tocando para demostrar o para compartir?
Y sobre todo y pienso que lo más importante es esta afirmación y sentir: …voy a tocar para disfrutar yo.
La diferencia es sutil, pero transforma todo.
De la perfección a la presencia
Cuando el escenario deja de ser un lugar de juicio, no desaparece la exigencia. Desaparece el miedo a no estar a la altura de una imagen idealizada de uno mismo.
Se gana presencia.
Se gana capacidad de reaccionar a lo que ocurre en el momento.
Se gana la posibilidad de que un silencio sea elocuente y no solo un vacío peligroso.
Y se pierde, sí, cierta armadura. Esa sensación de control absoluto que a veces nos hace sentir seguros, pero también nos aleja de la música y del público.
Hoy, cuando termino un concierto, ya no me pregunto en primer lugar “¿cuántos fallos he tenido?”. Me pregunto si he sido capaz de estar allí de verdad y he disfrutado. Si he ofrecido algo más que una ejecución correcta. Si alguien, aunque sea una sola persona, se ha sentido acompañado y se ha emocionado.
Un trabajo diario, no un destino
Este cambio no es un estado que se alcanza y se conserva para siempre. Hay días en los que el viejo juez interior vuelve a levantar la voz. Hay programas especialmente expuestos en los que la presión regresa. Hay salas y contextos que activan automáticamente el modo “examen”.
Pero ahora sé reconocerlo. Y sé que tengo herramientas para volver a centrarme: la respiración, el recuerdo de por qué elegí esta profesión, la conciencia de que el público no viene a contabilizar errores, sino a vivir una experiencia.
El escenario, cuando deja de ser un tribunal, se convierte en algo mucho más interesante: un espacio de encuentro. Un lugar donde la vulnerabilidad no es un fallo, sino una condición necesaria para que la música suceda de verdad.
Aquella publicación en mis redes sociales sobre los errores que no volveré a cometer era, en el fondo, una forma de expresar mi experiencia de muchos años subida a un escenario… Este artículo es la continuación de esa conversación conmigo misma echando la vista atrás.
Porque el mayor error, quizás, no es tocar una nota equivocada. Es pasar años en el escenario sin atreverse a estar realmente presente, en mi caso fue más en una etapa inicial de concertista, que ahora me hace reflexionar por el paso de los años.
¿Tú también has sentido alguna vez que el escenario era un lugar de juicio? ¿Qué te ayudó a cambiar esa mirada? Me encantará leerte.
Me podéis escribir comentando a este post a través de mis redes sociales también.


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